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Oscar 2015: Volver a creer

En los inicios de la recién concluida carrera de premios del cine norteamericano, cuando las asociaciones de críticos dieron el pistoletazo al reparto de distinciones y a la confección de rankings valorativos, se podía empezar a intuir que nos aguardaba una de las temporadas de galardones más competidas e impredecibles de los últimos años. Ese presentimiento se refrendó progresivamente tras el anuncio de las nominaciones a los Oscar y según se fueron concediendo los galardones de los gremios.

Los premios de los grupos especializados suelen tener una incidencia muy grande en los votantes de la Academia de Hollywood pero, dadas las características de la competición que nos ha ocupado desde diciembre, parecía que la emoción se mantendría hasta el final en los Oscar en lo que atañe a algunos de sus apartados más importantes.

A finales de enero, el grupo de productores estadounidenses (PGA) concedió su reconocimiento al mejor filme del año a La gran apuesta, la comedia negra sobre el crack de 2008 con Christian Bale, Brad Pitt, Steve Carell y Ryan Gosling. Por su parte, el SAG (Sindicato de Actores) al mejor reparto recayó en el cast de Spotlight, la historia de la investigación de The Boston Globe que destapó el escándalo de abusos sexuales llevados a cabo durante años por numerosos sacerdotes de la ciudad de Boston. Para terminar de enredar y confundir, el DGA de los directores fue a caer sobre Alejandro G. Iñárritu, responsable de El renacido, película que también se llevó los Globos de Oro en la categoría de drama y dirección, así como los más recientes BAFTA británicos.

Es decir, el Oscar a mejor filme del año podía dirimirse entre tres películas (La gran apuesta, Spotlight y El renacido). Finalmente, Spotlight ha sido quien se ha llevado el gato al agua convirtiéndose en una ganadora muy particular, ya que solo ha sumado dos premios (el otro, guion original). La última gran ganadora de la noche con apenas dos estatuillas fue El mayor espectáculo del mundo, de Cecil B. De Mille, filme ambientado en el mundo del circo con James Stewart y Charlton Heston. Hablamos del año 1952.

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Lo positivo del triunfo de Spotlight es que se trata, incuestionablemente, de una buena película y que supone el primer Oscar a un filme sobre periodismo. Es un trabajo honesto, con un guion excelente construido a partir de una gran y precisa labor de documentación, desde la que se levanta una historia sutil, pero incisiva y valiente, sobre un tema oscuro y que sigue siendo tabú en muchos lugares. El filme se ve empujado por un magnífico ritmo interno que va desenmarañando la trama al tiempo que los personajes evolucionan y se ven afectados, de un modo u otro, por los acontecimientos que ellos mismos propician. Cómo no, también hay que destacar su equilibrado reparto de talentos ante la cámara, encabezados por Mark Ruffalo y Michael Keaton (tras Birdman, segundo año que ve a su película ganar), apoyados por el sólido respaldo de Liev Schreiber, Stanley Tucci y John Slattery.

Spotlight parecía la ganadora segura hace un par de meses tras los premios de la crítica, pero el empuje final de El renacido y la alternativa de La gran apuesta introdujo el agradecible factor de duda en la ceremonia. La cinta de Iñárritu persigue ser más una experiencia cinematográfica que una película, con la carga de pretenciosidad que eso conlleva. El mexicano, que parece muy preocupado en tratar de dejar su sello en todas sus producciones, podrá alardear a partir de hoy de haber igualado el récord de John Ford y Joseph L. Mankiewicz tras ganar su segunda estatuilla consecutiva como mejor director.

El año de El mayor espectáculo del mundo fue también el que coronó a Ford con su cuarto Oscar por El hombre tranquilo, una cifra hasta ahora inalcanzable para cualquier realizador. De este padre del cine nos quedan El delator, Las uvas de la ira y ¡Qué verde era mi valle!, además de El hombre tranquilo, cuyo momento del primer encuentro entre John Wayne y Maureen O’Hara ha inspirado a Iñárritu para la escena final de su película. No es su única referencia (homenaje lo llaman) a la obra de grandes cineastas (por ahí andan Malick, Tarkovsky o Kurosawa), pues El renacido es un ejercicio de estilo sin alma que por falta de imaginación se ve obligado a explorar entre sus precedentes. Una historia larga, recargada, plagada de obviedades formales y argumentales, que pretende epatar y desprender poesía, y que la ambición de su director conduce al naufragio.

Spotlight es, seguramente, el filme más redondo entre los nominados. Así que esta vez toca apuntarle un tanto a la Academia sobre los Globos de Oro (que en enero se decantaron por El renacido). La Asociación de la Prensa Extranjera (HFPA), responsable de estos galardones, llevaba varios años dando ejemplo a los Oscar reconociendo a la película más importante de cada edición (sirvan los casos de Brokeback Mountain, La red social y Boyhood como ejemplo).

Por mérito artístico, Spotlight merece el Oscar. Sin embargo, no estoy tan seguro de que vaya a trascender y que en un tiempo se la recuerde como la película del año. Sus intenciones no parecen esas, y la Academia ha distinguido también la modestia del proyecto. El puesto de honor corresponderá, probablemente, a Mad Max: Fury Road. El revolucionario filme de George Miller, que ha dinamitado el género de acción, se convirtió en el más oscarizado de la noche con seis premios (montaje, sonido, montaje de sonido, diseño de producción, vestuario y maquillaje y peluquería). Spotlight sobrevivirá como una justa ganadora para la mayoría (sobre todo para los que detestamos El renacido), pero podrá palidecer en el tiempo ante al acontecimiento que ha supuesto el trabajo de Miller.

Una gala redentora

La noche orquestada por la Academia para responder al colectivo negro de Hollywood, tras la ausencia de actores afroamericanos de las nominaciones, dio lugar a una ceremonia que supuso también una redención con los espectadores, ya que tras años de frialdad y funcionalidad se pudo disfrutar de un show ágil y entretenido donde funcionó casi todo, destacando la puesta en escena, las presentaciones de los premios y los vídeos. Se redujo el tiempo destinado a los discursos (con el acertado recurso de dar la oportunidad a los premiados de agradecer a quienes desearan previamente e introduciendo el rótulo en pantalla). Lo que sigue lastrando el ritmo del programa de la ABC son los actuaciones musicales, cuyo timing (que obligó a dejar fuera a dos de las canciones nominadas por largas) debería revisarse. La mejor opción parece la de los Oscar de 1999, donde se optó por hacer un medley de las cinco finalistas (coronado por el inolvidable Blame Canada, de South Park) para que sonaran seguidas y en una versión reducida, lo que plantea además grandes posibilidades para jugar con la puesta en escena.

En cuanto al enfoque, los responsables de la gala optaron por centrarse deliberadamente en la polémica de los #OscarSoWhite como hilo conductor con el objetivo de desdramatizar y reconciliar. El presentador Chris Rock se entregó en cuerpo y alma a ello, e hizo bromas sobre el racismo no sólo en el mundo del cine, sino en la sociedad norteamericana, que pusieron de manifiesto lo que muchos pensamos: el problema es de raíz y afecta a muchos estamentos de Estados Unidos, no solo a la Academia. Es una cuestión histórica. La discriminación es aún una asignatura pendiente y debe atajarse desde todos los ángulos.

Por lo demás, este año ha quedado claro viendo los Oscar que Hollywood es una verdadera industria, sólida pese a las divergencias, que se afianza año a año y mira hacia delante. Y, por otro lado, que los estadounidenses son únicos en la organización y ejecución de eventos de esta magnitud. Su sentido del espectáculo es algo con lo que otros solo pueden soñar o tratar de imitar a duras penas.

Deudas saldadas

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Leonardo DiCaprio es un actor puramente generacional que lleva demostrando su talento desde adolescente (con ¿A quién ama Gilbert Grape? consiguió, en 1993, su primera candidatura al Oscar rozando la mayoría de edad). La concesión de su estatuilla se había convertido en una cuestión de estado para una legión de cansinos fans. Esta vez no había nada que pudiera interponerse en su camino, era el premio más cantado de la noche y seguramente el más esperado en tanto que morboso.

Es una lástima que a DiCaprio le haya llegado el Oscar por un filme en el que apenas interactúa y donde, cual último superviviente, se arrastra, come peces vivos y sale airoso de ataques de osos, indios, tormentas, ríos y caídas. No es el trabajo ideal por el que a muchos nos hubiera gustado verle por fin premiado, pero valga como rúbrica a una gran trayectoria que aún dará mucho de sí.

Otra deuda, casi moral, que se han cobrado este año los Oscar ha sido la de Ennio Morricone. El maestro italiano ha ganado a los 87 años su primera estatuilla en competición tras seis nominaciones y una carrera brillante y extensa. Tras el spaguetti western, Érase una vez en América, La misión, Cinema Paradiso o Malena, ha tenido que ser su asociación con Quentin Tarantino la que reporte a Morricone una recompensa quizá excesiva por este trabajo en concreto, pero que sin duda ha alegrado el rostro de todos los cinéfilos.

Quien tendrá que esperar, y quizá eternamente, para ver algún día su nombre ligado al de Oscar (más allá de su olvidable comedia) es Sylvester Stallone. El británico Mark Rylance, en su papel de espía soviético, fue elegido como el actor de reparto de 2015 por El puente de los espías, de Spielberg. La idiosincrasia de Rocky Balboa se ajusta más al desenlace de esta situación que si se hubiera producido una victoria que, por otro lado, a muchos nos hubiera reconfortado.

Y, para el final, uno de los galardones más merecidos de la noche, pues la húngara El hijo de Saúl fue proclamada la mejor película en lengua extranjera. Un año más, la mejor obra del año no es estadounidense y acaba encontrando su reconocimiento en esta categoría. Si bien habría sido deseable que el filme de László Nemes hubiera gozado de más presencia en otros apartados, El hijo de Saúl se une a Nader y Simin, Amour o La gran belleza en un póker de obras perdurables, relegadas a un segundo puesto, pero que llaman a las puertas del cielo cinematográfico.

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El hijo de Saúl: El gran cine tiene memoria

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El Holocausto fue muerte, no supervivencia.

El cine, la ficción, nos tenía acostumbrados a la cara amable de la Shoah: historias que tratan de refilón, como un tema colateral, el exterminio de seis millones de personas para emocionarnos con el relato esperanzador de aquellos pocos que escaparon o pervivieron al desastre. Ellos nos han ayudado a conocer lo que ocurrió entre 1941 y 1945 en lugares como Auschwitz, Treblinka, Sobibor, Belzec o Chelmno. Son gente elegida que representa la fuente más fidedigna para acercarnos al horror, dar testimonio del cómo y ayudarnos a entender por qué pudo suceder algo así. Quizá nunca encontraremos una respuesta. Lo mejor que podemos hacer ante aquellos hechos, pienso, es no olvidar.

Las razones del realizador húngaro de 38 años László Nemes, alumno aventajado de Béla Tarr, para embarcarse en El hijo de Saúl no eran convencionales. Queriendo hacer justicia a sus propios familiares desaparecidos y a los que murieron en circunstancias tan dolorosas, el autor nos regala en su primera película (debutar con un filme tan redondo merece doble reconocimiento) una obra que desde ya figura entre lo mejor de la cosecha que nos deparará 2016 (y que, para mí, nos dejó 2015).

En los campos de exterminio malvivían los Sonderkommando, un grupo de prisioneros destinado a padecer condiciones infrahumanas y a realizar el trabajo sucio que los nazis rechazaban ejecutar para no ablandarse: conducir a los recién llegados a las cámaras de gas, limpiarlas a posteriori, sacar los cuerpos, quemarlos, deshacerse de sus cenizas y vuelta a empezar. Después había equipos destinados a tareas más concretas: cortar el pelo a las futuras víctimas, registrar y empaquetar sus ropas, revisar las “piezas” y extraerles los dientes de oro… En definitiva, la maquinaria de la muerte, el mecanismo de funcionamiento del sistema más perverso.

Los Sonderkommando, a los que se les daba categoría de intocables marcándolos con una grosera cruz roja, fueron tachados de colaboracionistas al término de la Segunda Guerra Mundial por muchos de sus coetáneos. Resulta difícil establecer juicios morales en torno a personas obligadas a soportar un contexto tan extremo. En mi opinión, este momento histórico es la ilustración más clara de lo mejor y peor de la naturaleza humana: frente a los instigadores del asesinato, están los que aguantaron todo tipo de maltrato físico y psicológico, sin saber hasta cuándo se prolongaría, con la esperanza de poder contarlo algún día al resto del mundo. Lo único que les quedaba a esa gente (condenados en vida, muertos vivientes) era su conciencia: la convicción de que aquello era monstruoso. Debía permanecer en los libros de historia y en la memoria colectiva.

La atrocidad del fuera de campo

Quizá por respeto a aquello que nunca fue filmado, o porque como debería saber todo profesional que se precie de hacer buen cine resulta mucho más enriquecedor e inquietante sugerir que mostrar, Nemes decide dejar la mayor parte de la acción en un segundo plano. Es decir, acompañamos a Saúl durante sus penosas labores pero no se nos permiten observar de forma completa lo que él observa. Más allá de su figura, el espacio que le rodea está desenfocado, lo que provoca (salvo en un par de momentos más explícitos) una confusión deliberada en el espectador quien, aun así, intuye en todo momento lo que está sucediendo. Los golpes, gritos, disparos y demás recursos de la banda sonora dibujan un panorama aterrador.

Además, la apuesta del director por los planos secuencia es igual de eficaz: la cámara se pega al rostro y la espalda del personaje interpretado por Géza Röhrig (un actor no profesional de origen judío que en realidad trabaja como profesor en Nueva York) y nos hace acompañarlo en su terrorífica travesía.

La película es grande no sólo por la forma, sino por el fondo, pues la cinta va más allá de la exposición de los hechos y se plantea: ¿se puede hallar algo de consuelo, de alivio moral, en mitad del infierno? La salida de Saúl es ofrecer un entierro religioso y digno a su hijo, al que un día ve morir en la cámara de gas. A partir de ahí, su único objetivo es encontrar a un rabino que le ayude a llevar a cabo su última voluntad.

El hijo de Saúl, cuya impresionante secuencia inicial supone un serio aviso al espectador ante lo que va a ver, funciona además como compendio fabuloso de lo que conllevaba la vida en un campo de concentración, donde algunos se negaron a doblegarse ante su fatal destino. Pocas veces se nos habrá mostrado en la pantalla de forma más contundente el grado de degradación moral y crueldad que puede alcanzar el ser humano, una acción orquestada a la que es difícil encontrar comparación en la historia de la humanidad, y al mismo tiempo un ejemplo de entereza tan encomiable.

El horror infinito que resuena de aquellos campos se manifiesta aún hoy en esa masa de iletrados y provocadores que se atreven a seguir negando el Holocausto. O en la actitud déspota y autoritaria de ciertos gobiernos. No hay más que observar el proceder de las naciones occidentales ante la afluencia de los refugiados sirios (sin ir más lejos, la propia Hungría). Que un país como éste, de apenas diez millones de habitantes y que no se encuentra precisamente entre las grandes potencias europeas, sea capaz de impulsar y ejecutar un ejemplo de memoria histórica del calibre de El hijo de Saúl, es toda una lección para sus vecinos y para nosotros mismos, los españoles.

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Resulta complicado recomendar esta película, ya que el espectador medio no está acostumbrado a un ejercicio de estilo tan radical e implícitamente duro. Pero el alcance de esta propuesta y su valor histórico y humano debe prevalecer por encima del momento asfixiante al que conduce su hora y tres cuartos de duración. Obras de este calado son necesarias porque contribuyen a engrandecer el cine y a seguir profundizando y reviviendo tragedias humanas, en este caso de tamañas dimensiones, que deberían estar siempre presentes.

Me siento orgulloso del público que está yendo a ver la película, en especial de amigos y conocidos. Ojalá su impacto no sea en vano y siga despertando admiración.

Tras asistir a El hijo de Saúl, uno abandona la sala noqueado y con dos certezas:

  1. El Holocausto fue así.
  2. Una película sobre el Holocausto debía, tenía, que ser así.