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Las 10 mejores películas de 2016

Una base amplia no facilita la selección. 2016 no ha sido un año memorable para el cine de estreno, y lo dice alguien que ha sobrepasado los 60 títulos en salas comerciales.

Entre propuestas discretas y otras que no pudieron cumplir con las altas expectativas (dejando una sensación de contrariedad que, cada vez, me resulta más habitual) se extinguió este año agitado que ha servido, además, para evidenciar el mal momento del cine de masas con blockbusters que han decepcionado, en su mayoría, a los propios incondicionales de las franquicias más cacareadas: Batman vs. Superman, Deadpool, X-Men: Apocalipsis, Capitán América: Civil War, Escuadrón suicida, Rogue One: Una historia de Star Wars o Assassin’s Creed.

No queda más remedio que  buscar alternativas a los reboots, secuelas y remakes, muestra de la cerrazón de los grandes estudios, y seguir el instinto particular o condicionado por comentarios de gente de fiar para animarse a seguir visitando el cine buscando satisfacer nuestras inquietudes artísticas, para que nos trasladen a lugares donde nunca hemos estado ni estaremos o a que nos enfrenten a dilemas morales que, seguramente, no se nos plantearán jamás en la vida.

Por cierto que la siguiente lista está condicionada por la ausencia de El hijo de Saúl,  que para mí fue la mejor película de 2015 pese a que se estrenó en 2016.  Doce meses después, y tras repetir la experiencia en pantalla grande, el filme de László Nemes sigue siendo lo mejor del bienio. Pero bueno, vamos ya con los puestos de honor del diez al uno:

10) Que Dios nos perdone, de Rodrigo Sorogoyen.

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Siempre he sentido un especial apego hacia el thriller español, con sus señas de identidad tan reconocibles y disfrutables. En eso hay que estar agradecidos a 2016. Que Dios nos perdone forma parte de ese estupendo trío de filmes que, desde distintos enfoques, nos han vuelto a enganchar al género. La trama hilada por Rodrigo Sorogoyen sigue las andanzas de un serial killer en el verano madrileño de 2011 manejando los códigos a la perfección y reforzada por la gran empatía que despiertan los dos policías protagonistas, una virtud de identificación que este filme comparte con el trabajo anterior del director, la muy estimable Stockholm. Cabe achacarle, eso sí, ciertos giros gratuitos que merman, en parte, el efecto de su potente guion.

9) El hombre de las mil caras, de Alberto Rodríguez.

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Mientras Sorogoyen se decanta por la fabulación, Alberto Rodríguez se aferra a hechos muy recientes para transmitir la podredumbre y amoralidad de los personajes que cohabitan en nuestro sistema político. Las andanzas de Francisco Paesa y su implicación en la desaparición del exdirector de la Guardia Civil, Luis Roldán, suponen en manos del guionista y director un excelente ejercicio de reconstrucción y sintetización que consigue captar nuestra atención en todo momento, estableciendo conexiones estremecedoras en su exposición del caso y abogando por el entretenimiento de calidad. El hombre de las mil caras es quizá el trabajo más sólido y redondo de Rodríguez, en mi opinión superior a La isla mínima.

8) Mayo de 1940 (En mai, fais ce qu’il te plaît), de Christian Carion.

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En el repaso a lo más destacado del año nadie parece acordarse de esta película francesa cuyo estreno no pudo ser más oportuno al traer a colación la candente situación de los refugiados de guerra. Esta cuestión ancestral y colateral en los conflictos bélicos es trasladada por la directora a los inicios de la Segunda Guerra Mundial como homenaje a su familia, que sufrió los desplazamientos tras la invasión nazi, a través del relato de la búsqueda de un hijo extraviado por parte de su padre. Un gran despliegue de producción, que cuenta con la perspectiva de ambos bandos a través de variados personajes y situaciones, y cuyo resultado es indiscutiblemente conmovedor.

7) Elle, de Paul Verhoeven.

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Otro filme francés que, al contrario de Mayo de 1940, sí se ha hecho popular y engrosa listas y rankings de expertos. Elle podría ser calificado tranquilamente como el filme más perturbador del año, y ya solo por eso merece atención. El tantas veces controvertido Paul Verhoeven vuelve a hablar de deseo y bajas pasiones en un thriller muy bien narrado, con una propuesta aún más retorcida en su retrato de una mujer a la vez víctima y verdugo de los que le rodean. Esta no es otra que la imperial Isabelle Huppert, sin la que es difícil imaginar esta película (y que este año también deslumbró en El porvenir). Un título valiente que incomodará a sectores muy diversos, y que reivindica la libertad creativa en un escenario cada vez más políticamente correcto.

6) Paterson, de Jim Jarmusch.

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Jarmusch es un autor que alterna proyectos más ambiciosos artísticamente y, no lo neguemos, con un punto pretencioso con otros más sinceros, humanos y cotidianos. Flores rotas pertenecía al segundo grupo, al igual que Paterson. ¿Por qué una historia aparentemente intrascendente sobre un conductor de autobuses en una ciudad anodina está generando tantas simpatías? Quizá porque Jarmusch nos hace sentir la rutina como algo entrañable. A través de la afición del personaje de Adam Driver por la poesía, el director aporta luz y belleza a una vida aparentemente corriente y sin complicaciones. Los protagonistas aprenden a disfrutar de los pequeños detalles para hacer de sus sueños y pasiones el motor de su existencia. Busquemos y trabajemos pues en lo que a cada uno nos mueva en la batalla diaria.

5) Verano en Brooklyn (Little men), de Ira Sachs.

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Otra historia íntima, esta aún más rica en detalles y puntos de vista, es Verano en Brooklyn del realizador independiente norteamericano Ira Sachs (El amor es extraño). Una historia que iguala a niños y a adultos, a padres e hijos, a nativos y extranjeros. Derrochando humanidad y contención, el director cuenta la aclimatación de una familia a su nuevo vecindario poniendo su atención en las relaciones que se establecen en un entorno nuevo. Los intereses económicos y el tiempo acaban haciendo estragos en unos y otros. En el transcurso de Little men entendemos que en la vida nunca desaparecen las inseguridades; no hay certezas, sino adaptación y predisposición o no a capear el temporal.

4) La gran apuesta (The big short), de Adam McKay.

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La crisis financiera de Estados Unidos en 2008, que se sigue dejando notar, es la base de esta comedia negra que nos presenta a un grupo de outsiders que, desde sus distintas posiciones en el entramado bancario, adivinaron la que se avecinaba. La avaricia, el cinismo y la impunidad de los responsables de este globalizado embrollo son mostrados en el filme con sorna, pero también con crudeza, en un relato ágil y muy bien interpretado que, de forma original, los responsables se cuidan de hacer comprensible al gran público pese a la predominancia de jerga económica.  El poso de La gran apuesta perdura y sabe amargo.

3) Hitchcock/Truffaut, de Kent Jones.

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Uno de los documentales más destacados de 2016 fue esta crónica del encuentro entre dos cineastas muy particulares que, a mediados de los 60, compartieron una larga entrevista en diferentes sesiones con el propósito de arrojar luz sobre las obsesiones y mundo interior de unos de los creadores más grandes que ha dado el cine: Alfred Hitchcock. Desde la admiración hacia su obra, y con el interés de actualizar el discurso del maestro del suspense, Kent Jones emplea imágenes de archivo y audios inéditos de aquellas jornadas que sirvieron para alumbrar la creación del libro El cine según Hitchcock, la biblia de numerosos cineastas. Contando además con el testimonio de autores como Scorsese, Fincher, Wes Anderson o Richard Linklater, Hitchcock/Truffaut supone todo un gozo para los cinéfilos.

2) Spotlight, de Tom McCarthy.

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Muchos son los valores de Spotlight, la primera película sobre periodismo que ha conseguido alzarse con el Oscar de Hollywood a la mejor producción del año. Para empezar, la historia surge de un excelso y cuidado trabajo de documentación; pone en relieve un asunto real y escandaloso que para muchos había pasado prácticamente inadvertido; sabe transmitir tensión y autenticidad conforme avanza la investigación de los reporteros protagonistas en torno a los abusos sexuales cometidos por numerosos miembros de la archidiócesis de Boston, y nos regala grandes y equilibradas interpretaciones de un elenco encabezado por Michael Keaton, Mark Ruffalo y Rachel McAdams. El periodismo conlleva control a los poderosos, denuncia social y establecer cimientos para una visión crítica. Más que oportuno este recordatorio que merece ocupar un puesto de excelencia en este particular ranking.

1) Tarde para la ira, de Raúl Arévalo.

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Si bien Raúl Arévalo me parece en muchas ocasiones un actor afectado y que se pasa de intenso, no me queda otra que rendirme ante su incontestable debut tras la cámara: Tarde para la ira, un relato descarnado, seco, crudo y violento manejado con mano de hierro al que poco se puede reprochar. Desde la impactante secuencia de apertura y la incertidumbre que nos mantiene pegados a la butaca hasta la sordidez de los ambientes, la construcción de personajes, el manejo de la tensión… Todo es ejemplar y recuerda a las mejores historias de ajustes de cuentas y rencillas pueblerinas que tanto identifican a nuestra España. Sombrerazo para Arévalo y larga vida como director. Ojalá los próximos Premios Goya sepan reconocer la calidad.

  • Otros títulos destacados del año: Después de nosotros, de Joachim Lafosse; Sully, de Clint Eastwood; El cuento de la princesa Kaguya, de Isao Takahata; La habitación, de Lenny Abrahamson; Comanchería, de David Mackenzie; Frantz, de François Ozon, y ¡Bruja, más que bruja!, de Fernando Fernán Gómez (1977), repuesta en conmemoración de su 40 aniversario.
  • Decepciones: El renacido, de Alejandro González Iñárritu; Steve Jobs, de Danny Boyle; Carol, de Todd Haynes; Brooklyn, de John Crowley; Mustang, de Deniz Gamze Ergüven; The program, de Stephen Frears; Ahora sí, antes no, de Hong Sang-soo; Yo, Daniel Blake, de Ken Loach, y Después de la tormenta, de Hirokazu Kore-eda.
  • Sobrevaloradas: Los odiosos ocho, de Quentin Tarantino; La bruja, de Robert Eggers; Más allá de las montañas, de Jia Zhang Ke; Green room, de Jeremy Saulnier; Neruda, de Pablo Larraín; Captain Fantastic, de Matt Ross; El porvenir, de Mia Hansen-Love; La llegada, de Denis Villeneuve, y Hasta el último hombre, de Mel Gibson.
  • Sorpresas: Calle Cloverfield 10, de Dan Trachtenberg.
  • Lo peor: Election. La noche de las bestias, de James DeMonaco; Independence Day: Contraataque, de Roland Emmerich; Objetivo: Londres, de Babak Najafi; La verdad duele, de Peter Landesman; Capitán Kóblic, de Sebastián Borensztein, y Nunca apagues la luz, de David F. Sandberg.
  • Lo mejor de la Filmoteca: Dos días, una noche, de Luc y Jean-Pierre Dardenne (2014); El ángel azul, de Josef von Sternberg (1930); El último de los injustos, de Claude Lanzmann (2013) y La evasión, de Jacques Becker (1960).

Money Monster: Las 5 claves para deconstruir un thriller

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Se habla de Money Monster como un thriller que bebe del espíritu del cine americano de los 70. Aquellas eran tramas de denuncia y tensión, entretenimiento y regusto amargo. Hay bastante de eso en el nuevo trabajo de Jodie Foster tras la cámara, aunque diría que sus ambiciones son más modestas, lo cual habla a su favor: aquí el objetivo es contar bien una historia en un escenario reconocible, por vigente, manejando una agradecible economía de metraje (poco más de hora y media).

George Clooney y Julia Roberts vuelven a compartir set a las órdenes de la también oscarizada Foster, que demuestra oficio y solidez en un género nuevo para ella tras firmar algunos episodios de series como House of cards y Orange is the new black y haber errado en el ensamblaje dramático de su anterior largo, El castor, aquella odisea vital de Mel Gibson y sus formas de canalizar una depresión.

Money Monster, cuyo estreno se adelanta a este miércoles, es un producto comercial con buen acabado, ideal para presentarse fuera de concurso en el actual Festival de Cannes (como así ocurrió, dada la categoría de los profesionales implicados). En el certamen quedó claro la falta de sintonía entre los dos actores principales y su directora, no se sabe si a raíz de las semanas de rodaje o por algún hecho posterior relacionado con la promoción.

La fluidez narrativa de la película viene determinada por un guion que cumple con la estructura tradicional del thriller, cuyas claves argumentales podemos enumerar del siguiente modo:

1) Cotidianidad

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El arranque del filme nos introduce en las entrañas de un programa de televisión presentado por Lee Gates (Clooney) que, con un perfil sarcástico, glosa la actualidad económica y se permite dar consejos a los espectadores sobre dónde y en qué momento invertir su dinero. Patty Fenn (Roberts) es la realizadora del show y mano derecha de Lee, a quien dirige desde el control.

La idea de este primer acto es presentar el entorno donde transcurrirá la acción, introducir a los protagonistas y a algunos de los secundarios (el productor, los cámaras, los vigilantes) y crear el caldo de cultivo de un día cualquiera en la oficina que, intuimos, no será tal.

2) Complicidad

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Este aspecto refiere a las relaciones entre los dos personajes principales, que ayudará a crear la conexión emocional de la historia para con el público.

La cotización de Clooney y Roberts en el mercado del celuloide sigue alta gracias a la popularidad granjeada entre la audiencia durante años. Ambos parecen encontrarse ahora en una posición más cómoda para elegir cierto tipo de papeles y proyectos más interesantes. Desde que coincidieran en Ocean’s eleven (2001), su amistad se mantiene viva y eso les hace idóneos para el rol que desempeñan en Money Monster. Su sintonía se traslada a la ficción: no necesitan más que una mirada o una palabra clave para entenderse.

Si bien el carácter de Lee es irónico e impulsivo, un hombre cínico, vanidoso y de vuelta de todo que desempeña su trabajo sin más escrúpulos, el personaje incorporado por Roberts viene a ser su Pepito Grillo, poseedora del cerebro, la frialdad y la determinación que se necesitan para sacar adelante un programa en directo.

Patty supone un rol necesario en la trama, pero meramente funcional. Su construcción no está a la altura de los matices que los guionistas aportan a Lee, cuyos defectos le hacen también más humano, mientras que Fenn es una máscara omnipresente a la que en pocos momentos vemos descompuesta por la tensión que ha estallado o está a punto de hacerlo. El poso que deja en el espectador el trabajo de Roberts se me antoja mucho más intrascendente que el de su compañero.

El acercamiento de Lee y la realizadora podía derivar en una historia de amor de saldo hollywoodiense reforzada por las angustiosas circunstancias que van a vivir. Pero Foster decide no caer en lo evidente, y junto a su equipo aciertan al optar por los subrayados cómplices entre ambos, mucho más naturales.

3) Explosión

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La normalidad de la emisión se ve alterada abruptamente con la irrupción de Kyle, un joven indignado que perdió sus ahorros en una mala jugada financiera a colación del programa de Lee. Este hace responsable al presentador de su debacle personal, y no duda en entrar en el plató a punta de pistola y obligar al periodista a portar un chaleco explosivo.

Los tópicos del género se hacen presentes a continuación en las maniobras policiales y el intento de negociación con el asaltante, mientras lo más interesante transcurre bajo los focos, en directo para todo el país y parte del extranjero. A Kyle se le presenta como un personaje con capas, angustiado por su drama pero también desquiciado e inconsciente de las consecuencias que pueden acarrear sus actos, y paulatinamente asistimos a su acercamiento a Lee. A destacar el trabajo de Jack O’Connell, que tras sobresalir en Invencible (bajo la batuta de otra actriz, Angelina Jolie) se consolida como un actor sólido y creíble.

4) Clímax

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Camino del desenlace, la acción se traslada de la claustrofobia del plató de televisión a otros escenarios más amplios, lo que hace crecer la angustia y eleva el drama. La implicación en los hechos de una importante compañía y la colaboración de una directora de comunicación guiará a la trama hasta su clímax, con una dosis de suspense bien servida.

En este punto, la modernidad del filme se manifiesta en el uso de la tecnología para presentar un mundo global, un planeta permanentemente conectado, donde el juego financiero campa a sus anchas sin importar las inevitables secuelas derivadas de la desregularización. Pasamos de Nueva York a Seúl, Reikiavik o Johannesburgo en una clara plasmación del efecto mariposa.

5) Redención

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Los thrillers suelen dejar un regusto agridulce tras haber removido la conciencia social y por jugar a mostrar las aristas de la personalidad humana. La redención es un tema puramente cinematográfico y universal, y Money Monster no es ajena a ella una vez que los acontecimientos terminan por desbordarse.

La conclusión es evidente y aterradora, pues el sistema no entiende de pausas ni de dramas particulares. Somos parte de un juego inmenso, pero ¿hasta qué punto participamos en él y se nos debe atribuir una cuota de responsabilidad?

En mitad de esta reflexión, la rueda sigue girando.

Oscar 2015: Volver a creer

En los inicios de la recién concluida carrera de premios del cine norteamericano, cuando las asociaciones de críticos dieron el pistoletazo al reparto de distinciones y a la confección de rankings valorativos, se podía empezar a intuir que nos aguardaba una de las temporadas de galardones más competidas e impredecibles de los últimos años. Ese presentimiento se refrendó progresivamente tras el anuncio de las nominaciones a los Oscar y según se fueron concediendo los galardones de los gremios.

Los premios de los grupos especializados suelen tener una incidencia muy grande en los votantes de la Academia de Hollywood pero, dadas las características de la competición que nos ha ocupado desde diciembre, parecía que la emoción se mantendría hasta el final en los Oscar en lo que atañe a algunos de sus apartados más importantes.

A finales de enero, el grupo de productores estadounidenses (PGA) concedió su reconocimiento al mejor filme del año a La gran apuesta, la comedia negra sobre el crack de 2008 con Christian Bale, Brad Pitt, Steve Carell y Ryan Gosling. Por su parte, el SAG (Sindicato de Actores) al mejor reparto recayó en el cast de Spotlight, la historia de la investigación de The Boston Globe que destapó el escándalo de abusos sexuales llevados a cabo durante años por numerosos sacerdotes de la ciudad de Boston. Para terminar de enredar y confundir, el DGA de los directores fue a caer sobre Alejandro G. Iñárritu, responsable de El renacido, película que también se llevó los Globos de Oro en la categoría de drama y dirección, así como los más recientes BAFTA británicos.

Es decir, el Oscar a mejor filme del año podía dirimirse entre tres películas (La gran apuesta, Spotlight y El renacido). Finalmente, Spotlight ha sido quien se ha llevado el gato al agua convirtiéndose en una ganadora muy particular, ya que solo ha sumado dos premios (el otro, guion original). La última gran ganadora de la noche con apenas dos estatuillas fue El mayor espectáculo del mundo, de Cecil B. De Mille, filme ambientado en el mundo del circo con James Stewart y Charlton Heston. Hablamos del año 1952.

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Lo positivo del triunfo de Spotlight es que se trata, incuestionablemente, de una buena película y que supone el primer Oscar a un filme sobre periodismo. Es un trabajo honesto, con un guion excelente construido a partir de una gran y precisa labor de documentación, desde la que se levanta una historia sutil, pero incisiva y valiente, sobre un tema oscuro y que sigue siendo tabú en muchos lugares. El filme se ve empujado por un magnífico ritmo interno que va desenmarañando la trama al tiempo que los personajes evolucionan y se ven afectados, de un modo u otro, por los acontecimientos que ellos mismos propician. Cómo no, también hay que destacar su equilibrado reparto de talentos ante la cámara, encabezados por Mark Ruffalo y Michael Keaton (tras Birdman, segundo año que ve a su película ganar), apoyados por el sólido respaldo de Liev Schreiber, Stanley Tucci y John Slattery.

Spotlight parecía la ganadora segura hace un par de meses tras los premios de la crítica, pero el empuje final de El renacido y la alternativa de La gran apuesta introdujo el agradecible factor de duda en la ceremonia. La cinta de Iñárritu persigue ser más una experiencia cinematográfica que una película, con la carga de pretenciosidad que eso conlleva. El mexicano, que parece muy preocupado en tratar de dejar su sello en todas sus producciones, podrá alardear a partir de hoy de haber igualado el récord de John Ford y Joseph L. Mankiewicz tras ganar su segunda estatuilla consecutiva como mejor director.

El año de El mayor espectáculo del mundo fue también el que coronó a Ford con su cuarto Oscar por El hombre tranquilo, una cifra hasta ahora inalcanzable para cualquier realizador. De este padre del cine nos quedan El delator, Las uvas de la ira y ¡Qué verde era mi valle!, además de El hombre tranquilo, cuyo momento del primer encuentro entre John Wayne y Maureen O’Hara ha inspirado a Iñárritu para la escena final de su película. No es su única referencia (homenaje lo llaman) a la obra de grandes cineastas (por ahí andan Malick, Tarkovsky o Kurosawa), pues El renacido es un ejercicio de estilo sin alma que por falta de imaginación se ve obligado a explorar entre sus precedentes. Una historia larga, recargada, plagada de obviedades formales y argumentales, que pretende epatar y desprender poesía, y que la ambición de su director conduce al naufragio.

Spotlight es, seguramente, el filme más redondo entre los nominados. Así que esta vez toca apuntarle un tanto a la Academia sobre los Globos de Oro (que en enero se decantaron por El renacido). La Asociación de la Prensa Extranjera (HFPA), responsable de estos galardones, llevaba varios años dando ejemplo a los Oscar reconociendo a la película más importante de cada edición (sirvan los casos de Brokeback Mountain, La red social y Boyhood como ejemplo).

Por mérito artístico, Spotlight merece el Oscar. Sin embargo, no estoy tan seguro de que vaya a trascender y que en un tiempo se la recuerde como la película del año. Sus intenciones no parecen esas, y la Academia ha distinguido también la modestia del proyecto. El puesto de honor corresponderá, probablemente, a Mad Max: Fury Road. El revolucionario filme de George Miller, que ha dinamitado el género de acción, se convirtió en el más oscarizado de la noche con seis premios (montaje, sonido, montaje de sonido, diseño de producción, vestuario y maquillaje y peluquería). Spotlight sobrevivirá como una justa ganadora para la mayoría (sobre todo para los que detestamos El renacido), pero podrá palidecer en el tiempo ante al acontecimiento que ha supuesto el trabajo de Miller.

Una gala redentora

La noche orquestada por la Academia para responder al colectivo negro de Hollywood, tras la ausencia de actores afroamericanos de las nominaciones, dio lugar a una ceremonia que supuso también una redención con los espectadores, ya que tras años de frialdad y funcionalidad se pudo disfrutar de un show ágil y entretenido donde funcionó casi todo, destacando la puesta en escena, las presentaciones de los premios y los vídeos. Se redujo el tiempo destinado a los discursos (con el acertado recurso de dar la oportunidad a los premiados de agradecer a quienes desearan previamente e introduciendo el rótulo en pantalla). Lo que sigue lastrando el ritmo del programa de la ABC son los actuaciones musicales, cuyo timing (que obligó a dejar fuera a dos de las canciones nominadas por largas) debería revisarse. La mejor opción parece la de los Oscar de 1999, donde se optó por hacer un medley de las cinco finalistas (coronado por el inolvidable Blame Canada, de South Park) para que sonaran seguidas y en una versión reducida, lo que plantea además grandes posibilidades para jugar con la puesta en escena.

En cuanto al enfoque, los responsables de la gala optaron por centrarse deliberadamente en la polémica de los #OscarSoWhite como hilo conductor con el objetivo de desdramatizar y reconciliar. El presentador Chris Rock se entregó en cuerpo y alma a ello, e hizo bromas sobre el racismo no sólo en el mundo del cine, sino en la sociedad norteamericana, que pusieron de manifiesto lo que muchos pensamos: el problema es de raíz y afecta a muchos estamentos de Estados Unidos, no solo a la Academia. Es una cuestión histórica. La discriminación es aún una asignatura pendiente y debe atajarse desde todos los ángulos.

Por lo demás, este año ha quedado claro viendo los Oscar que Hollywood es una verdadera industria, sólida pese a las divergencias, que se afianza año a año y mira hacia delante. Y, por otro lado, que los estadounidenses son únicos en la organización y ejecución de eventos de esta magnitud. Su sentido del espectáculo es algo con lo que otros solo pueden soñar o tratar de imitar a duras penas.

Deudas saldadas

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Leonardo DiCaprio es un actor puramente generacional que lleva demostrando su talento desde adolescente (con ¿A quién ama Gilbert Grape? consiguió, en 1993, su primera candidatura al Oscar rozando la mayoría de edad). La concesión de su estatuilla se había convertido en una cuestión de estado para una legión de cansinos fans. Esta vez no había nada que pudiera interponerse en su camino, era el premio más cantado de la noche y seguramente el más esperado en tanto que morboso.

Es una lástima que a DiCaprio le haya llegado el Oscar por un filme en el que apenas interactúa y donde, cual último superviviente, se arrastra, come peces vivos y sale airoso de ataques de osos, indios, tormentas, ríos y caídas. No es el trabajo ideal por el que a muchos nos hubiera gustado verle por fin premiado, pero valga como rúbrica a una gran trayectoria que aún dará mucho de sí.

Otra deuda, casi moral, que se han cobrado este año los Oscar ha sido la de Ennio Morricone. El maestro italiano ha ganado a los 87 años su primera estatuilla en competición tras seis nominaciones y una carrera brillante y extensa. Tras el spaguetti western, Érase una vez en América, La misión, Cinema Paradiso o Malena, ha tenido que ser su asociación con Quentin Tarantino la que reporte a Morricone una recompensa quizá excesiva por este trabajo en concreto, pero que sin duda ha alegrado el rostro de todos los cinéfilos.

Quien tendrá que esperar, y quizá eternamente, para ver algún día su nombre ligado al de Oscar (más allá de su olvidable comedia) es Sylvester Stallone. El británico Mark Rylance, en su papel de espía soviético, fue elegido como el actor de reparto de 2015 por El puente de los espías, de Spielberg. La idiosincrasia de Rocky Balboa se ajusta más al desenlace de esta situación que si se hubiera producido una victoria que, por otro lado, a muchos nos hubiera reconfortado.

Y, para el final, uno de los galardones más merecidos de la noche, pues la húngara El hijo de Saúl fue proclamada la mejor película en lengua extranjera. Un año más, la mejor obra del año no es estadounidense y acaba encontrando su reconocimiento en esta categoría. Si bien habría sido deseable que el filme de László Nemes hubiera gozado de más presencia en otros apartados, El hijo de Saúl se une a Nader y Simin, Amour o La gran belleza en un póker de obras perdurables, relegadas a un segundo puesto, pero que llaman a las puertas del cielo cinematográfico.

El hijo de Saúl: El gran cine tiene memoria

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El Holocausto fue muerte, no supervivencia.

El cine, la ficción, nos tenía acostumbrados a la cara amable de la Shoah: historias que tratan de refilón, como un tema colateral, el exterminio de seis millones de personas para emocionarnos con el relato esperanzador de aquellos pocos que escaparon o pervivieron al desastre. Ellos nos han ayudado a conocer lo que ocurrió entre 1941 y 1945 en lugares como Auschwitz, Treblinka, Sobibor, Belzec o Chelmno. Son gente elegida que representa la fuente más fidedigna para acercarnos al horror, dar testimonio del cómo y ayudarnos a entender por qué pudo suceder algo así. Quizá nunca encontraremos una respuesta. Lo mejor que podemos hacer ante aquellos hechos, pienso, es no olvidar.

Las razones del realizador húngaro de 38 años László Nemes, alumno aventajado de Béla Tarr, para embarcarse en El hijo de Saúl no eran convencionales. Queriendo hacer justicia a sus propios familiares desaparecidos y a los que murieron en circunstancias tan dolorosas, el autor nos regala en su primera película (debutar con un filme tan redondo merece doble reconocimiento) una obra que desde ya figura entre lo mejor de la cosecha que nos deparará 2016 (y que, para mí, nos dejó 2015).

En los campos de exterminio malvivían los Sonderkommando, un grupo de prisioneros destinado a padecer condiciones infrahumanas y a realizar el trabajo sucio que los nazis rechazaban ejecutar para no ablandarse: conducir a los recién llegados a las cámaras de gas, limpiarlas a posteriori, sacar los cuerpos, quemarlos, deshacerse de sus cenizas y vuelta a empezar. Después había equipos destinados a tareas más concretas: cortar el pelo a las futuras víctimas, registrar y empaquetar sus ropas, revisar las “piezas” y extraerles los dientes de oro… En definitiva, la maquinaria de la muerte, el mecanismo de funcionamiento del sistema más perverso.

Los Sonderkommando, a los que se les daba categoría de intocables marcándolos con una grosera cruz roja, fueron tachados de colaboracionistas al término de la Segunda Guerra Mundial por muchos de sus coetáneos. Resulta difícil establecer juicios morales en torno a personas obligadas a soportar un contexto tan extremo. En mi opinión, este momento histórico es la ilustración más clara de lo mejor y peor de la naturaleza humana: frente a los instigadores del asesinato, están los que aguantaron todo tipo de maltrato físico y psicológico, sin saber hasta cuándo se prolongaría, con la esperanza de poder contarlo algún día al resto del mundo. Lo único que les quedaba a esa gente (condenados en vida, muertos vivientes) era su conciencia: la convicción de que aquello era monstruoso. Debía permanecer en los libros de historia y en la memoria colectiva.

La atrocidad del fuera de campo

Quizá por respeto a aquello que nunca fue filmado, o porque como debería saber todo profesional que se precie de hacer buen cine resulta mucho más enriquecedor e inquietante sugerir que mostrar, Nemes decide dejar la mayor parte de la acción en un segundo plano. Es decir, acompañamos a Saúl durante sus penosas labores pero no se nos permiten observar de forma completa lo que él observa. Más allá de su figura, el espacio que le rodea está desenfocado, lo que provoca (salvo en un par de momentos más explícitos) una confusión deliberada en el espectador quien, aun así, intuye en todo momento lo que está sucediendo. Los golpes, gritos, disparos y demás recursos de la banda sonora dibujan un panorama aterrador.

Además, la apuesta del director por los planos secuencia es igual de eficaz: la cámara se pega al rostro y la espalda del personaje interpretado por Géza Röhrig (un actor no profesional de origen judío que en realidad trabaja como profesor en Nueva York) y nos hace acompañarlo en su terrorífica travesía.

La película es grande no sólo por la forma, sino por el fondo, pues la cinta va más allá de la exposición de los hechos y se plantea: ¿se puede hallar algo de consuelo, de alivio moral, en mitad del infierno? La salida de Saúl es ofrecer un entierro religioso y digno a su hijo, al que un día ve morir en la cámara de gas. A partir de ahí, su único objetivo es encontrar a un rabino que le ayude a llevar a cabo su última voluntad.

El hijo de Saúl, cuya impresionante secuencia inicial supone un serio aviso al espectador ante lo que va a ver, funciona además como compendio fabuloso de lo que conllevaba la vida en un campo de concentración, donde algunos se negaron a doblegarse ante su fatal destino. Pocas veces se nos habrá mostrado en la pantalla de forma más contundente el grado de degradación moral y crueldad que puede alcanzar el ser humano, una acción orquestada a la que es difícil encontrar comparación en la historia de la humanidad, y al mismo tiempo un ejemplo de entereza tan encomiable.

El horror infinito que resuena de aquellos campos se manifiesta aún hoy en esa masa de iletrados y provocadores que se atreven a seguir negando el Holocausto. O en la actitud déspota y autoritaria de ciertos gobiernos. No hay más que observar el proceder de las naciones occidentales ante la afluencia de los refugiados sirios (sin ir más lejos, la propia Hungría). Que un país como éste, de apenas diez millones de habitantes y que no se encuentra precisamente entre las grandes potencias europeas, sea capaz de impulsar y ejecutar un ejemplo de memoria histórica del calibre de El hijo de Saúl, es toda una lección para sus vecinos y para nosotros mismos, los españoles.

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Resulta complicado recomendar esta película, ya que el espectador medio no está acostumbrado a un ejercicio de estilo tan radical e implícitamente duro. Pero el alcance de esta propuesta y su valor histórico y humano debe prevalecer por encima del momento asfixiante al que conduce su hora y tres cuartos de duración. Obras de este calado son necesarias porque contribuyen a engrandecer el cine y a seguir profundizando y reviviendo tragedias humanas, en este caso de tamañas dimensiones, que deberían estar siempre presentes.

Me siento orgulloso del público que está yendo a ver la película, en especial de amigos y conocidos. Ojalá su impacto no sea en vano y siga despertando admiración.

Tras asistir a El hijo de Saúl, uno abandona la sala noqueado y con dos certezas:

  1. El Holocausto fue así.
  2. Una película sobre el Holocausto debía, tenía, que ser así.

Las 10 mejores películas de 2015

El extinto 2015 ha marcado un precedente al convertirse en el año en que más veces he acudido a una sala de cine. Si bien la reciente cosecha no ha dejado una gran serie de títulos memorables, sí incluye algunas propuestas interesantes, de muy variada procedencia, que merecen destacarse.

Creo que esa tendencia heterogénea se refleja en la siguiente lista. A la hora de confeccionarla siempre dudo entre incluir filmes producidos el año anterior aunque estrenados en España al siguiente, y sobre cómo actuar con las reposiciones o con las películas vistas en festivales o certámenes celebrados en el año natural pese a no saber a ciencia cierta si algún día llegarán a la cartelera española.

Así pues, he decidido incluir trabajos estrenados en España durante 2015 (da igual su año de producción) más la gran joya del pasado Fancine de Málaga (Festival de Cine Fantástico organizado por la Universidad de Málaga y celebrado en noviembre), como no podía ser menos dado su valor cinematográfico y diría que humano.

10) El clan, de Pablo Trapero.

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Este filme argentino cuenta el caso real de los Puccio, una familia cómplice en secuestros y asesinatos durante la dictadura militar de Videla . Trapero presenta un gran ejercicio narrativo y juega a Uno de los nuestros mezclando escenas violentas con grandes canciones de rock clásico, una fórmula que hace que en ocasiones el tono de la película se desvirtúe. Lo mejor es el partido que saca el director a la presencia amenazante del personaje de Guillermo Francella (recordado por El secreto de sus ojos), cuyo trabajo supone una de las mejores interpretaciones masculinas del año.

9) El club, de Pablo Larraín.

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De Argentina al vecino Chile de Larraín (responsable de la magnífica No) con un relato desasosegante que fue premiado en el Festival de Berlín y que ha sido unánimemente destacado en las listas del sector cinematográfico. El aislamiento de unos curitas que han traicionado su misión para con la Iglesia y la expiación de sus pecados se envuelve en una fotografía feísta, con planos desenfocados en ocasiones, que contribuyen a crear una sensación de incomodidad más allá de lo narrado. Se echa de menos quizá un retrato más profundo de los personajes, pero el conjunto arroja, sin duda, ideas y reflexiones inquietantes en torno a una cuestión polémica sobre la que pocos se atreven a teorizar.

8) Amy, de Asif Kapadia.

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El único documental de la lista ha sido uno de los más destacados del año y ahora mismo figura como favorito al Oscar en su categoría. El relato del ascenso y caída de la cantante Amy Winehouse se ve favorecido por una narración muy ágil enriquecida por el copioso material de archivo del que disponen sus autores (prístino reflejo de la gigantesca huella audiovisual que nos sobrevivirá a raíz de las actuales plataformas). Una historia que despierta piedad hacia un ser humano que fue puro talento, pero cuyas carencias afectivas y el éxito mal digerido llevaron a la perdición.

7) Marte, de Ridley Scott.

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Mi reconciliación con Ridley Scott llegó después de muchos (demasiados) años con este gran entretenimiento, comercial pero honesto, que consigue alcanzar a un amplio sector del público gracias a un guion preciso (del dotado Drew Goddard) en una aventura espacial de supervivencia enriquecida por personajes bien trazados y situaciones de tensión que se alternan con otras más distendidas. Un blockbuster muy eficaz e irreprochable en su campo.

6) El año más violento, de J. C. Chandor.

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Cuento negro sobre la corrupción moral que asalta los negocios de un empresario de origen latino que trata de abrirse paso en el Nueva York de principios de los 80. Dibujando una trama de claroscuros y desarrollo imprevisible, sostenida por un gran reparto encabezado por el cada vez más grande Oscar Isaac, El año más violento coloca a J. C. Chandor, tras Margin call y Cuando todo está perdido, como uno de los mejores autores jóvenes del Hollywood actual.

5) Whiplash, de Damien Chazelle.

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Este relato vibrante y poderoso merece destacarse entre lo mejor de la temporada por su impecable montaje, realización y reflexión de fondo, una mirada a la cultura del esfuerzo y al sempiterno planteamiento de si el fin justifica los medios. En este caso, si lograr tu meta profesional es prioritario pese a los cadáveres que dejas en el camino. No solo eso: ¿vale todo para extraer el mayor rendimiento a una persona? ¿Está la educación reñida con el esfuerzo y la dedicación? Invito a muchos sujetos obtusos de nuestra sociedad a pasearse por esta historia y sacar sus propias conclusiones.

4) Leviatán, de Andrei Zvyagintsev.

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El primer día de 2015 se estrenó Leviatán, el simbólico título elegido por el ruso Andrei Zvyagintsev (autor de El regreso) para plasmar la tiranía y el sometimiento que infligen los poderosos a los humildes a través del drama de una familia en torno a un desahucio. Pese a que su origen sea remoto, cualquier ciudadano del mundo podrá identificarse con esta historia seca y fría como el paisaje en que se enmarca y donde no hay resquicio para la esperanza. En el recuerdo queda una de las secuencias más poderosas del año: a Zvyagintsev le basta un plano fijo para representar la más elocuente y salvaje profanación del hogar.

3) Inside out (Del revés), de Pete Docter y Ronnie del Carmen.

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Cómo hablar sobre las emociones humanas de forma amena, original y para toda la familia. Parece que sólo Pixar podía llevar a buen puerto una empresa tan complicada regalándonos una de sus mejores películas, por no decir la mejor, y que merece colarse en el top three de la lista con todas las de la ley. La historia de Riley nos invita a realizar un ejercicio de introspección donde se mezclan recuerdos, pensamientos, ilusiones y sueños que se quedaron en el camino. Del revés viene a decirnos, de forma divertida y profunda, que somos seres sometidos a la ambivalencia de nuestros estados de ánimo.

2) Mad Max: Fury Road, de George Miller.

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Parecía una caprichosa secuela más en el desalentador panorama del cine comercial norteamericano, mayormente ocupado en reutilizar fórmulas popularmente aceptadas y explotarlas hasta la saciedad. No esperábamos que el australiano George Miller, a sus 70 años, fuera a dinamitar su propia criatura en esta cuarta entrega de Mad Max, que bien podría recordarse como un capítulo único e independiente por méritos propios tras haber alcanzado cotas de realización y entretenimiento con escaso precedente en los últimos años. Un filme de acción rompedor, imparable, de ritmo trepidante, que ha roto moldes y merece trascender.

1) El hijo de Saúl, de László Nemes.

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La película más arrolladora e impactante del año llegó en el Fancine de Málaga para remover, conmover y dejar poso. Un filme húngaro de memoria histórica sobre el Holocausto que nos golpea, a través de una historia muy humana, mostrándonos la actividad de un campo de concentración nazi como nunca antes nos habían contado.

Este trabajo, de próximo estreno, merece un capítulo aparte en Soteras de Cine.

  • Otros títulos destacados de 2015: La verdad, de James Vanderbilt; Ex Machina, de Alex Garland; Red army, de Gabe Polsky; Truman, de Cesc Gay.
  • Reposiciones: El mundo sigue, de Fernando Fernán Gómez. Filme de 1963 recuperado 50 años después de su estreno clandestino tras ser boicoteado por la censura. Una cumbre y rara avis de la historia del cine español.
  • Decepciones: El francotirador, de Clint Eastwood; It follows, de David Robert Mitchell; Irrational man, de Woody Allen; Langosta, de Yorgos Lanthimos.
  • Semidecepciones: Birdman, de Alejandro González Iñárritu; Foxcatcher, de Bennett Miller; Timbuktu, de Abderrahmane Sissako; Nightcrawler, de Dan Gilroy; Sicario, de Denis Villeneuve; Macbeth, de Justin Kurzel.
  • Lo peor: Investigación policial, de Daniel Aguirre; Landmine goes click, de Levan Bakhia; Wyrmwood: La carretera de los muertos, de Kiah Roache-Turner; Dulces criaturas, de Jonathan Milott y Cary Murnion.

Fritz Lang y los diez más grandes de la historia del cine

Featured imageHace unos meses decidí aproximarme a la figura de Fritz Lang, considerado como uno de los autores más prestigiosos del séptimo arte, a través de un ciclo seleccionado de su filmografía. Tras visionar 14 títulos constaté que su fama no es gratuita. Hablamos de todo un retratista de la psicología humana, un autor con un estilo e inquietudes propias que dominó multitud de géneros entregando grandísimos trabajos tras la cámara. Su influencia en cineastas posteriores es indiscutible.

Lang era además un visionario, un relator del tiempo que le tocó vivir y que hizo frente al nazismo. Nacido en Viena en 1890, evolucionó al mismo tiempo que el cine (o lo ayudó a evolucionar), pasó por varias etapas rodando en diversos países y mantuvo siempre su fama de tirano en el set. Un artista con una intrahistoria fascinante.

En el último Shommer Shabbat dibujamos un perfil del director y nos detuvimos en sus obras más representativas, con especial hincapié en El Dr. Mabuse, Metrópolis, M. El vampiro de Düsseldorf, Los verdugos también mueren y Perversidad.

Lo podéis escuchar en el nuevo canal de Ivoox de Soteras de Cine:

http://www.ivoox.com/player_ej_4180548_4_1.html?c1=ff6600

Y hablando de grandes artistas. A continuación, en el mismo espacio, se me ocurrió introducir un debate: ¿quiénes son los diez mejores realizadores de la historia del cine? Las opiniones estuvieron encontradas, y se pusieron sobre la mesa multitud de nombres, tanto de ayer como de hoy.

Sabiendo que el arte no es algo mensurable, que depende mucho de gustos y valoraciones particulares sobre lo que entendemos por más o menos meritorio, plasmo mi ranking personal sin orden de preferencia:

  • David Wark Griffith (El nacimiento de una nación, Intolerancia, Lirios rotos, Las dos tormentas).
  • Serguei Mijailovich Eisenstein (El acorazado Potemkin, La huelga, Octubre, Iván el Terrible).
  • Charles Chaplin (El chico, La quimera del oro, Luces de la ciudad, Tiempos modernos, El gran dictador, Candilejas).
  • Friedrich Wilhem Murnau (Nosferatu, El último, Amanecer).
  • Fritz Lang.
  • John Ford (El delator, Las uvas de la ira, ¡Qué verde era mi valle!, El hombre tranquilo, Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance).
  • Howard Hawks (Scarface, La fiera de mi niña, Luna nueva, El sargento York, Río Rojo, Río Bravo, Hatari).
  • Alfred Hitchcok (Rebeca, La sombra de una duda, Extraños en un tren, La ventana indiscreta, Con la muerte en los talones, Psicosis).
  • Billy Wilder (Perdición, Días sin huella, El crepúsculo de los dioses, El gran carnaval, Con faldas y a lo loco, El apartamento).
  • Akira Kurosawa (Rashomon, Trono de sangre, Los siete samuráis, El infierno del odio, Dersu Uzala, Kagemusha, Ran).

Seguramente, muchos habrían completado su propia lista con nombres muy diferentes, tales como Carl Theodor Dreyer, Jean Renoir, Orson Welles, George Cukor, Raoul Walsh, Roberto Rossellini, Andrei Tarkovski, Elia Kazan, Otto Preminger, Frank Capra, William Wyler, Luis Buñuel, Ernst Lubitsch, Federico Fellini, Ingmar Bergman, Joseph Leo Mankiewicz, John Huston, François Truffaut, Sam Peckinpah, Stanley Kubrick, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Clint Eastwood o Steven Spielberg.

Queda abierta la veda en busca de la lista cinéfila perfecta.

Los Oscar: Estancamiento y reinvención

87 OscarSiempre esperamos lo mejor de la ceremonia de los Oscar: sorpresas, entretenimiento, un espectáculo de primer nivel digno de la audiencia planetaria que lo contempla. Esto es porque no queremos admitir que esta cita, ciñéndonos a su concepto de macroprograma de televisión, lleva demasiado tiempo dando tumbos. Sus productores Craig Zadan y Neil Meron siguen sin encontrar la tecla, girando y girando en la rueda de los lugares comunes, lejos de cualquier inspiración y tendiendo a lo previsible y lo mediocre. Adjetivos que, por cierto, muchos dedicamos a la pasada edición de los Goya.

Este año nos hemos vuelto a dar de bruces con la cruda realidad: faltan ideas y originalidad en la puesta en escena de la gran noche de Hollywood. El resultado no fue pésimo, pero sí arrojó una gala del montón. Otra más. El problema es que ese promontorio comienza a chamuscarse la cresta con la zona ardiente, que diría Hamlet.

Neil Patrick Harris se le vio tan desubicado como en su trabajo en Perdida. Obviamente, el presentador está muy a expensas del guion que le ofrecen, pero en algunos casos como en el del Billy Crystal de los 90 (al que siempre menciono como el mejor conductor del programa que he visto) su personalidad lograba imprimir un sello propio al espectáculo. Crystal se hacía el dueño de la función. Aunque sabía ceder el protagonismo a los ganadores en cada momento, se apropiaba del show al instante de regresar al escenario.

La gala de los Oscar tiene un peaje muy marcado para su conductor, y su momento álgido es el número inicial. Si en este punto no consigues enganchar a la audiencia e impactar, te pasarás el resto de la ceremonia a remolque. En esta edición, las virguerías de Harris no pasaron de correctas en lo que supuso un refrito de trucos masticados otros años (con la excepción del vistoso juego de sombras). El guiño del presentador cantando; el guiño de las imágenes míticas de iconos del séptimo arte; el guiño del host colándose en películas, más la novedad del acompañamiento de una coreografía protagonizada por una extraña amalgama de personajes que hicieron de pegote más que otra cosa.

El protagonista de la serie Cómo conocí a vuestra madre no goza del perfil de cómico sarcástico que suele funcionar en esta ceremonia (con los años me doy cuenta de que Steve Martin y Jon Stewart merecen mayor reconocimiento por su labor en ese sentido). Y como showman puro tampoco cumplió (su trabajo en los Tony le acreditaba para presentar los Oscar, pero la inspiración entre una gala y otra quedó muy lejos). Entre cambios y cambios de vestuario, la más que discreta actuación de Harris fue rematada por el fallido gag del truco de magia. Toda la noche dándole bola al contenido del misterioso maletín encerrado en una vitrina, y cuando descubrió la papeleta antes del premio a mejor película, tras más de tres horas de altibajos, el efecto pretendidamente ingenioso quedó en pura nimiedad. La reacción del público asistente, bastante fría ante la ocurrencia, así lo acredita.

Si hablamos de las sorpresas positivas de la gala, habría que incluir la actuación de Lady Gaga que, además de demostrar que tras su fachada pública se encuentra una persona normal, exhibió una voz espectacular en el cariñoso homenaje rendido a Sonrisas y lágrimas (con el culmen de la aparición subsiguiente de Julie Andrews en el escenario). Un tributo nostálgico de esos que siempre gusta ver en los Oscar. A falta del reconocimiento en directo a los premiados con la estatuilla honorífica (pues hace años la recogen en una gala anticipada en noviembre), bienvenidos son estos recuerdos al cine de antaño.

El palmarés y las sensaciones

No me cuento entre los fans acérrimos de Boyhood, pero sí la considero una muy buena película y un hito indiscutible del cine reciente. Si el paso del tiempo ha sido la base del proyecto de Richard Linklater, el devenir de los años también jugará a favor de su obra. El fenómeno crecerá y trascenderá, pues a partir de ahora a Boyhood le acompañará también la etiqueta de las grandes películas que, aun siendo nominadas en su año, no fueron reconocidas (se me ocurren ahora los casos de Pulp Fiction frente a Forrest Gump en 1994 o de La red social ante El discurso del rey en 2010). Triunfadores relatos de superación ante los filmes de Tarantino y Fincher que, a día de hoy, son recordados por ser, más allá de historias originales y muy bien engrasadas, retratos certeros de su tiempo, de las inquietudes de una sociedad concreta y de la personalidad del cine de su época.

El tiempo juega a favor de estos títulos, ya que es el paso de los años el que nos ayuda a entender su repercusión e influencia en obras posteriores. Y también funcionan en nuestra cabeza, que nos inclina a recordarlos mejor de lo que, seguramente, son realmente. Yo no tengo duda de que Boyhood ha sido la cinta norteamericana más importante de 2014.

Birdman no era una ganadora previsible, pero sus juegos visuales y golpes de efectos formales y argumentales casan mejor con el cine que suele amasar Oscar. Las réplicas de los protagonistas, sus exageradas caricaturas en algunos casos y su efectismo generalizado hacen de Birdman la Crash de este año. No por su calidad, pues el filme de Iñárritu está por encima del de Haggis, pero sí por estar cortadas por el patrón de la rimbombancia, la ampulosidad y los giros calculados para provocar un efecto más inmediato en la mente del espectador medio.

Viejos debates

Por lo demás, la ceremonia devino en una rutinaria sucesión de premios con muy poco margen a la originalidad. Más allá de los galardones a mejor película y director, que para mí no estaban claros del todo, el anuncio de los ganadores nos confirmó que estos sí andaban más decantados de lo que podíamos pensar inicialmente.

No cuestiono si Eddie Redmayne y Julianne Moore merecían su premio pero, inevitablemente, los votantes de la Academia van a tener que seguir cargando con la etiqueta de inclinarse mayoritariamente por los personajes que sufren taras físicas o psicológicas. Y por su preferencia total por el drama, el cual fue explotado casi pornográficamente en los clips de las cinco nominadas a mejor actriz principal.

El debate entre los miembros del ente audiovisual hollywoodiense está ahora en si se reduce o no el número de aspirantes a mejor película de la temporada. Se plantean regresar al formato de las cinco nominadas, el cual imperó desde 1944 a 2008. No puedo más que mostrarme muy a favor de esta idea. El lavado de cara que necesitan los Oscar pasa por la autoexigencia en la selección de los finalistas y por construir una infraestructura sólida en la preproducción de su ceremonia de premios. Solo así se verá justificado el entusiasmo que ponemos en ellos todos los años.

Boyhood vs. Birdman (o la inesperada pelea por el Oscar)

Hollywood vuelve a desenrollar la alfombra roja, a direccionar focos, pulir el escenario del Dolby Theatre y sacar brillo a sus estatuillas. Y nosotros, los cinéfilos que pensamos que los premios son una gran excusa para hablar de cine, lo celebramos con furor.

Este domingo despunta la edición número 87 de los premios de la Academia, los más que populares Oscar, que suponen el colofón máximo de la carrera anual de galardones de cine. La cosecha de películas producidas en 2014, y cuyas nominaciones conocimos el mes pasado, nos deja un nivel de candidatos más que aceptable y parejo, con casos particularmente brillantes y destinados a perdurar en el imaginario. Todo está preparado para asistir a la que será, sin duda, la gala más reñida de la última década (desde los Oscar 2005, donde el inesperado triunfo de Crash, de Paul Haggis, ante Brokeback Mountain, de Ang Lee, nos sorprendió a la mayoría).

La de este año ha sido una puja inusual por lo ajustada que ha transcurrido, lo apretada que llega a este punto final y por el tipo de filmes que compiten. La Academia ha ido abriendo el abanico progresivamente a trabajos más personales, cintas que no cuentan con presupuestos de producción desorbitados ni campañas millonarias y mediáticas para promocionarse. Su aval es la originalidad, la búsqueda de una voz propia y, si bien pueden provocar filias y fobias viscerales, sí que se hace difícil discutir su valentía y ocurrencia tanto en forma como en fondo. Las inquietudes artísticas de sus autores parecen alejadas del público de masas.

Birdman, el filme del mexicano Alejando González Iñárritu, llega con el empuje que le proporciona su victoria en los gremios de productores (PGA), directores (DGA) y actores (SAG). Esta última distinción era de esperar dado el impecable trabajo de todo el elenco de la película, y que los académicos han destacado colocando como finalistas a Michael Keaton, Edward Norton (ambos en su gran comeback a las pantallas después de pasar bastante tiempo sin llamar la atención) y Emma Stone. Sin embargo, los premios de mejor película y director parecían decantados en favor de Boyhood gracias a sus Globos de Oro y al fervor crítico que acarrea lo nuevo de Richard Linklater desde su estreno, muy difícil de equiparar a algún filme surgido en años recientes.

Boyhood

Para muchos, Boyhood es más que una película. Ya lo comentamos el pasado septiembre vaticinando sus posibilidades de premio a estas alturas. Esta obra se ha convertido en todo un acontecimiento rodado durante doce años, un retrato de la idiosincrasia norteamericana y un recorrido vital que ha dejado huella en un amplio número de espectadores. Los votantes tienen la oportunidad de premiar a la película-fenómeno de la temporada. Y parece que así lo harán, pese a que la naturaleza del meritorio proyecto pueda estar, en mi opinión, por encima del resultado final de la película (de la que, sin embargo, no cuestiono su calidad).

En cualquier caso, la mayoría de medios especializados, tanto españoles como norteamericanos, colocan ahora mismo a Birdman como favorita para alzar la estatuilla como mejor película del año cinematográfico 2014.

Los nombres de la noche

El gran hotel Budapest, Selma, The imitation game, La teoría del todo, El francotirador y Whiplash son compañeros de viaje que aportan variedad y buen gusto a la gran noche del cine. Por otro lado, Eddie Redmayne, Julianne Moore, J.K. Simmons y Patricia Arquette están muy bien situados en las categorías de interpretación. En el caso de los tres últimos, por su dominio casi absoluto en los galardones previos. Mientras, Redmayne dio un revés importante a las aspiraciones de Keaton con su triunfo en los SAG. Su trabajo como el físico Stephen Hawking encaja perfectamente con las características de un actor ganador del Oscar (personaje real, popular y brillante, con taras físicas y afán de superación). El único hándicap del británico recordado por Los miserables es que su nombre aún no tiene el peso en la industria del que sí goza el antiguo álter ego de Batman.

Por otro lado, los premios técnicos ayudarán a engrosar el palmarés de los más laureados. La película de Wes Anderson parte con grandes opciones en varias categorías (fotografía, dirección artística, vestuario, maquillaje y peluquería) que constatan su impecable factura técnica. El éxito en Estados Unidos de El francotirador, de Eastwood, puede ser compensado con algún premio de sonido. Este también será el terreno en el que Interstellar, de Christopher Nolan, tratará de compensar su poca incidencia en las categorías principales (por otra parte, habitual en los trabajos del taquillero director inglés).

Y otro apartado sobre el que ronda mucha incertidumbre: el de mejor película de habla no inglesa. Pese a que la polaca Ida parece la favorita (su fotografía está además nominada), el Globo de Oro a la rusa Leviatán levantó suspicacias sobre las opciones para el triunfo final del filme de Pawel Pawlikowski. Igualmente, Relatos salvajes y Timbuktu (que acaba de arrasar en los César franceses con siete entorchados) son dos contendientes potentes en una categoría que, pienso, está muy abierta.

En una edición donde ninguna de las cintas candidatas llega a los dos dígitos en número de nominaciones, el veredicto en muchos apartados permanece todavía en el aire. Los Oscar se transformarán en la madrugada del domingo al lunes en una película de más de tres horas donde tendrán cabida la risa, la emoción, el llanto, el cotilleo, la música, el espectáculo… En definitiva, puro cine.

La apuesta

A continuación os ofrezco mi quiniela de los Oscar 2014 en sus categorías principales. No os olvidéis de hacer la vuestra en esta dirección.

  • Mejor película: Boyhood.
  • Mejor director: Richard Linklater (Boyhood).
  • Mejor actor: Eddie Redmayne (La teoría del todo).
  • Mejor actriz: Julianne Moore (Siempre Alice).
  • Mejor actor secundario: J. K. Simmons (Whiplash).
  • Mejor actriz secundaria: Patricia Arquette (Boyhood).
  • Mejor guion original: Richard Linklater (Boyhood).
  • Mejor guion adaptado: Graham Moore (The imitation game).
  • Mejor película extranjera: Leviatán (Rusia).

(Este artículo es una versión ampliada del publicado el 20/02/2015 en el periódico Qué. A continuación el PDF correspondiente).

Butaca Vip: Especial Oscar 2014

Ya podéis escuchar el podcast de Butaca Vip, el programa de cine de la emisora Gestiona Radio dirigido y presentado por Fran Grégoris en el que colaboro desde hace tres años (precisamente a raíz de la celebración de los Oscar 2011, gala celebrada en 2012, en la que The artist se alzó como triunfadora). En este enlace podéis acceder a los podcasts de semanas anteriores. El programa se emite todos los viernes de 23 a 00 horas en la 108.0 FM de Madrid (o con frecuencia propia en otros puntos de España) y por Internet para todo el país.

Podcast Butaca Vip 20/02/2015

El espacio de esta semana está dedicado principalmente a la previa de los Oscar. Analizamos los favoritos a los premios de este domingo, abordamos el estreno de El francotirador, de Clint Eastwood, y recibimos al polifacético Juan Vinuesa. Todo ello en la compañía de Manu de la Fuente (del blog Gente con duende), Estrella Savirón (del portal A golpe de efecto) y Víctor Nieva.

Además, un breve comentario en el inicio de La imagen perdida, documental camboyano del director Rithy Panh que estuvo nominado al Oscar en 2013 en la categoría de mejor película extranjera (premio que se llevó la imprescindible La gran belleza) y que plantea un original ejercicio de memoria histórica.

De los Oscar al cielo

Oscar¿Cómo estáis? Sed bienvenidos a Soteras de Cine, espacio dedicado al séptimo arte. Tras varias travesías cibernéticas compartidas con amigos o en solitario (En el nombre del cine, La gran sesión, Fuera de Campo), este nuevo rincón (aún en construcción) pretende erigir paulatinamente un lugar de análisis y reflexión en torno a un arte completo, sempiterno y en constante ebullición. Mi deseo es desahogar sensaciones, hablar de lo que gusta y de lo que no respecto al cine y, en definitiva, compartir mi visión sobre cualquier asunto relacionado con la gran pantalla. Eso sí, con la aspiración de que todos los interesados participen aportando sus puntos de vista y opiniones.

No se me ocurre mejor oportunidad para lanzar este sitio que hacerlo a pocos días de la gran noche de los Oscar, la apoteosis glamurosa y mainstream del cine que cada año congrega a millones de espectadores en todo el mundo. Una cita que sigo con interés y pasión desde que tengo uso de razón y que, para mí, representa lo que debería ser toda entrega de premios: la oportunidad perfecta para promocionar y dar a conocer al público masivo propuestas cinematográficas, grandes o pequeñas, de interés y calado. Los premios como perfecto escaparate del cine, con un alcance entre la audiencia sin parangón y una influencia masiva indiscutible (aunque no siempre positiva).

Mientras la Academia de Hollywood festeja la 87 edición de entrega de sus estatuillas, nosotros damos el pistoletazo de salida a la Quiniela de los Oscar. La decimonovena edición de este juego llega con novedades: por primera vez online, a través de la aplicación diseñada por mi primo Jorge (al que agradezco públicamente su interés y esfuerzo) y con el propósito de aumentar su alcance más allá de amigos y conocidos. Os animo a elegir vuestra ganadora entre todas las películas finalistas que figuran como aspirantes a los premios de cine más importantes del mundo.

Para jugar tenéis que acceder en el siguiente enlace:

http://oscars.foodandmarket.net/quiniela.php

Ahí os registráis y empezáis a jugar. Al utilizar un usuario y contraseña vuestras votaciones quedarán almacenadas, y este soporte servirá además de histórico para albergar los resultados de todos los participantes en pasadas y futuras ediciones.

Tal vez, a la hora de enviar vuestros pronósticos, algunos prefiráis esperar hasta el final de la semana para apurar vuestras posibilidades de ver algunas de las películas que compiten y votar con más criterio. Sabia medida, pero recordad que la ceremonia es el próximo domingo 22 de febrero, así que el límite queda fijado hasta justo antes de que ésta de comienzo.

Miguel ha vuelto a poner las cosas difíciles en el empeño por batir el récord del juego, ya que el año pasado se desmarcó con 21 aciertos, ni más ni menos (son 24 las categorías a concurso). Como tal, recibió su merecido premio. Hay otro en juego para el que consiga superarle. No es tarea sencilla.

Durante estos días publicaré un análisis de las nominaciones que, espero, sirva de guía a aquellos que se encuentren algo despistados sobre las aspiraciones de cada película o para los que no hayan podido disfrutar de muchas de ellas y busquen consejo.

Así que ya sabéis, suerte y ¡a votar!