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Money Monster: Las 5 claves para deconstruir un thriller

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Se habla de Money Monster como un thriller que bebe del espíritu del cine americano de los 70. Aquellas eran tramas de denuncia y tensión, entretenimiento y regusto amargo. Hay bastante de eso en el nuevo trabajo de Jodie Foster tras la cámara, aunque diría que sus ambiciones son más modestas, lo cual habla a su favor: aquí el objetivo es contar bien una historia en un escenario reconocible, por vigente, manejando una agradecible economía de metraje (poco más de hora y media).

George Clooney y Julia Roberts vuelven a compartir set a las órdenes de la también oscarizada Foster, que demuestra oficio y solidez en un género nuevo para ella tras firmar algunos episodios de series como House of cards y Orange is the new black y haber errado en el ensamblaje dramático de su anterior largo, El castor, aquella odisea vital de Mel Gibson y sus formas de canalizar una depresión.

Money Monster, cuyo estreno se adelanta a este miércoles, es un producto comercial con buen acabado, ideal para presentarse fuera de concurso en el actual Festival de Cannes (como así ocurrió, dada la categoría de los profesionales implicados). En el certamen quedó claro la falta de sintonía entre los dos actores principales y su directora, no se sabe si a raíz de las semanas de rodaje o por algún hecho posterior relacionado con la promoción.

La fluidez narrativa de la película viene determinada por un guion que cumple con la estructura tradicional del thriller, cuyas claves argumentales podemos enumerar del siguiente modo:

1) Cotidianidad

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El arranque del filme nos introduce en las entrañas de un programa de televisión presentado por Lee Gates (Clooney) que, con un perfil sarcástico, glosa la actualidad económica y se permite dar consejos a los espectadores sobre dónde y en qué momento invertir su dinero. Patty Fenn (Roberts) es la realizadora del show y mano derecha de Lee, a quien dirige desde el control.

La idea de este primer acto es presentar el entorno donde transcurrirá la acción, introducir a los protagonistas y a algunos de los secundarios (el productor, los cámaras, los vigilantes) y crear el caldo de cultivo de un día cualquiera en la oficina que, intuimos, no será tal.

2) Complicidad

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Este aspecto refiere a las relaciones entre los dos personajes principales, que ayudará a crear la conexión emocional de la historia para con el público.

La cotización de Clooney y Roberts en el mercado del celuloide sigue alta gracias a la popularidad granjeada entre la audiencia durante años. Ambos parecen encontrarse ahora en una posición más cómoda para elegir cierto tipo de papeles y proyectos más interesantes. Desde que coincidieran en Ocean’s eleven (2001), su amistad se mantiene viva y eso les hace idóneos para el rol que desempeñan en Money Monster. Su sintonía se traslada a la ficción: no necesitan más que una mirada o una palabra clave para entenderse.

Si bien el carácter de Lee es irónico e impulsivo, un hombre cínico, vanidoso y de vuelta de todo que desempeña su trabajo sin más escrúpulos, el personaje incorporado por Roberts viene a ser su Pepito Grillo, poseedora del cerebro, la frialdad y la determinación que se necesitan para sacar adelante un programa en directo.

Patty supone un rol necesario en la trama, pero meramente funcional. Su construcción no está a la altura de los matices que los guionistas aportan a Lee, cuyos defectos le hacen también más humano, mientras que Fenn es una máscara omnipresente a la que en pocos momentos vemos descompuesta por la tensión que ha estallado o está a punto de hacerlo. El poso que deja en el espectador el trabajo de Roberts se me antoja mucho más intrascendente que el de su compañero.

El acercamiento de Lee y la realizadora podía derivar en una historia de amor de saldo hollywoodiense reforzada por las angustiosas circunstancias que van a vivir. Pero Foster decide no caer en lo evidente, y junto a su equipo aciertan al optar por los subrayados cómplices entre ambos, mucho más naturales.

3) Explosión

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La normalidad de la emisión se ve alterada abruptamente con la irrupción de Kyle, un joven indignado que perdió sus ahorros en una mala jugada financiera a colación del programa de Lee. Este hace responsable al presentador de su debacle personal, y no duda en entrar en el plató a punta de pistola y obligar al periodista a portar un chaleco explosivo.

Los tópicos del género se hacen presentes a continuación en las maniobras policiales y el intento de negociación con el asaltante, mientras lo más interesante transcurre bajo los focos, en directo para todo el país y parte del extranjero. A Kyle se le presenta como un personaje con capas, angustiado por su drama pero también desquiciado e inconsciente de las consecuencias que pueden acarrear sus actos, y paulatinamente asistimos a su acercamiento a Lee. A destacar el trabajo de Jack O’Connell, que tras sobresalir en Invencible (bajo la batuta de otra actriz, Angelina Jolie) se consolida como un actor sólido y creíble.

4) Clímax

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Camino del desenlace, la acción se traslada de la claustrofobia del plató de televisión a otros escenarios más amplios, lo que hace crecer la angustia y eleva el drama. La implicación en los hechos de una importante compañía y la colaboración de una directora de comunicación guiará a la trama hasta su clímax, con una dosis de suspense bien servida.

En este punto, la modernidad del filme se manifiesta en el uso de la tecnología para presentar un mundo global, un planeta permanentemente conectado, donde el juego financiero campa a sus anchas sin importar las inevitables secuelas derivadas de la desregularización. Pasamos de Nueva York a Seúl, Reikiavik o Johannesburgo en una clara plasmación del efecto mariposa.

5) Redención

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Los thrillers suelen dejar un regusto agridulce tras haber removido la conciencia social y por jugar a mostrar las aristas de la personalidad humana. La redención es un tema puramente cinematográfico y universal, y Money Monster no es ajena a ella una vez que los acontecimientos terminan por desbordarse.

La conclusión es evidente y aterradora, pues el sistema no entiende de pausas ni de dramas particulares. Somos parte de un juego inmenso, pero ¿hasta qué punto participamos en él y se nos debe atribuir una cuota de responsabilidad?

En mitad de esta reflexión, la rueda sigue girando.

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El hijo de Saúl: El gran cine tiene memoria

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El Holocausto fue muerte, no supervivencia.

El cine, la ficción, nos tenía acostumbrados a la cara amable de la Shoah: historias que tratan de refilón, como un tema colateral, el exterminio de seis millones de personas para emocionarnos con el relato esperanzador de aquellos pocos que escaparon o pervivieron al desastre. Ellos nos han ayudado a conocer lo que ocurrió entre 1941 y 1945 en lugares como Auschwitz, Treblinka, Sobibor, Belzec o Chelmno. Son gente elegida que representa la fuente más fidedigna para acercarnos al horror, dar testimonio del cómo y ayudarnos a entender por qué pudo suceder algo así. Quizá nunca encontraremos una respuesta. Lo mejor que podemos hacer ante aquellos hechos, pienso, es no olvidar.

Las razones del realizador húngaro de 38 años László Nemes, alumno aventajado de Béla Tarr, para embarcarse en El hijo de Saúl no eran convencionales. Queriendo hacer justicia a sus propios familiares desaparecidos y a los que murieron en circunstancias tan dolorosas, el autor nos regala en su primera película (debutar con un filme tan redondo merece doble reconocimiento) una obra que desde ya figura entre lo mejor de la cosecha que nos deparará 2016 (y que, para mí, nos dejó 2015).

En los campos de exterminio malvivían los Sonderkommando, un grupo de prisioneros destinado a padecer condiciones infrahumanas y a realizar el trabajo sucio que los nazis rechazaban ejecutar para no ablandarse: conducir a los recién llegados a las cámaras de gas, limpiarlas a posteriori, sacar los cuerpos, quemarlos, deshacerse de sus cenizas y vuelta a empezar. Después había equipos destinados a tareas más concretas: cortar el pelo a las futuras víctimas, registrar y empaquetar sus ropas, revisar las “piezas” y extraerles los dientes de oro… En definitiva, la maquinaria de la muerte, el mecanismo de funcionamiento del sistema más perverso.

Los Sonderkommando, a los que se les daba categoría de intocables marcándolos con una grosera cruz roja, fueron tachados de colaboracionistas al término de la Segunda Guerra Mundial por muchos de sus coetáneos. Resulta difícil establecer juicios morales en torno a personas obligadas a soportar un contexto tan extremo. En mi opinión, este momento histórico es la ilustración más clara de lo mejor y peor de la naturaleza humana: frente a los instigadores del asesinato, están los que aguantaron todo tipo de maltrato físico y psicológico, sin saber hasta cuándo se prolongaría, con la esperanza de poder contarlo algún día al resto del mundo. Lo único que les quedaba a esa gente (condenados en vida, muertos vivientes) era su conciencia: la convicción de que aquello era monstruoso. Debía permanecer en los libros de historia y en la memoria colectiva.

La atrocidad del fuera de campo

Quizá por respeto a aquello que nunca fue filmado, o porque como debería saber todo profesional que se precie de hacer buen cine resulta mucho más enriquecedor e inquietante sugerir que mostrar, Nemes decide dejar la mayor parte de la acción en un segundo plano. Es decir, acompañamos a Saúl durante sus penosas labores pero no se nos permiten observar de forma completa lo que él observa. Más allá de su figura, el espacio que le rodea está desenfocado, lo que provoca (salvo en un par de momentos más explícitos) una confusión deliberada en el espectador quien, aun así, intuye en todo momento lo que está sucediendo. Los golpes, gritos, disparos y demás recursos de la banda sonora dibujan un panorama aterrador.

Además, la apuesta del director por los planos secuencia es igual de eficaz: la cámara se pega al rostro y la espalda del personaje interpretado por Géza Röhrig (un actor no profesional de origen judío que en realidad trabaja como profesor en Nueva York) y nos hace acompañarlo en su terrorífica travesía.

La película es grande no sólo por la forma, sino por el fondo, pues la cinta va más allá de la exposición de los hechos y se plantea: ¿se puede hallar algo de consuelo, de alivio moral, en mitad del infierno? La salida de Saúl es ofrecer un entierro religioso y digno a su hijo, al que un día ve morir en la cámara de gas. A partir de ahí, su único objetivo es encontrar a un rabino que le ayude a llevar a cabo su última voluntad.

El hijo de Saúl, cuya impresionante secuencia inicial supone un serio aviso al espectador ante lo que va a ver, funciona además como compendio fabuloso de lo que conllevaba la vida en un campo de concentración, donde algunos se negaron a doblegarse ante su fatal destino. Pocas veces se nos habrá mostrado en la pantalla de forma más contundente el grado de degradación moral y crueldad que puede alcanzar el ser humano, una acción orquestada a la que es difícil encontrar comparación en la historia de la humanidad, y al mismo tiempo un ejemplo de entereza tan encomiable.

El horror infinito que resuena de aquellos campos se manifiesta aún hoy en esa masa de iletrados y provocadores que se atreven a seguir negando el Holocausto. O en la actitud déspota y autoritaria de ciertos gobiernos. No hay más que observar el proceder de las naciones occidentales ante la afluencia de los refugiados sirios (sin ir más lejos, la propia Hungría). Que un país como éste, de apenas diez millones de habitantes y que no se encuentra precisamente entre las grandes potencias europeas, sea capaz de impulsar y ejecutar un ejemplo de memoria histórica del calibre de El hijo de Saúl, es toda una lección para sus vecinos y para nosotros mismos, los españoles.

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Resulta complicado recomendar esta película, ya que el espectador medio no está acostumbrado a un ejercicio de estilo tan radical e implícitamente duro. Pero el alcance de esta propuesta y su valor histórico y humano debe prevalecer por encima del momento asfixiante al que conduce su hora y tres cuartos de duración. Obras de este calado son necesarias porque contribuyen a engrandecer el cine y a seguir profundizando y reviviendo tragedias humanas, en este caso de tamañas dimensiones, que deberían estar siempre presentes.

Me siento orgulloso del público que está yendo a ver la película, en especial de amigos y conocidos. Ojalá su impacto no sea en vano y siga despertando admiración.

Tras asistir a El hijo de Saúl, uno abandona la sala noqueado y con dos certezas:

  1. El Holocausto fue así.
  2. Una película sobre el Holocausto debía, tenía, que ser así.