Los Oscar: Estancamiento y reinvención

87 OscarSiempre esperamos lo mejor de la ceremonia de los Oscar: sorpresas, entretenimiento, un espectáculo de primer nivel digno de la audiencia planetaria que lo contempla. Esto es porque no queremos admitir que esta cita, ciñéndonos a su concepto de macroprograma de televisión, lleva demasiado tiempo dando tumbos. Sus productores Craig Zadan y Neil Meron siguen sin encontrar la tecla, girando y girando en la rueda de los lugares comunes, lejos de cualquier inspiración y tendiendo a lo previsible y lo mediocre. Adjetivos que, por cierto, muchos dedicamos a la pasada edición de los Goya.

Este año nos hemos vuelto a dar de bruces con la cruda realidad: faltan ideas y originalidad en la puesta en escena de la gran noche de Hollywood. El resultado no fue pésimo, pero sí arrojó una gala del montón. Otra más. El problema es que ese promontorio comienza a chamuscarse la cresta con la zona ardiente, que diría Hamlet.

Neil Patrick Harris se le vio tan desubicado como en su trabajo en Perdida. Obviamente, el presentador está muy a expensas del guion que le ofrecen, pero en algunos casos como en el del Billy Crystal de los 90 (al que siempre menciono como el mejor conductor del programa que he visto) su personalidad lograba imprimir un sello propio al espectáculo. Crystal se hacía el dueño de la función. Aunque sabía ceder el protagonismo a los ganadores en cada momento, se apropiaba del show al instante de regresar al escenario.

La gala de los Oscar tiene un peaje muy marcado para su conductor, y su momento álgido es el número inicial. Si en este punto no consigues enganchar a la audiencia e impactar, te pasarás el resto de la ceremonia a remolque. En esta edición, las virguerías de Harris no pasaron de correctas en lo que supuso un refrito de trucos masticados otros años (con la excepción del vistoso juego de sombras). El guiño del presentador cantando; el guiño de las imágenes míticas de iconos del séptimo arte; el guiño del host colándose en películas, más la novedad del acompañamiento de una coreografía protagonizada por una extraña amalgama de personajes que hicieron de pegote más que otra cosa.

El protagonista de la serie Cómo conocí a vuestra madre no goza del perfil de cómico sarcástico que suele funcionar en esta ceremonia (con los años me doy cuenta de que Steve Martin y Jon Stewart merecen mayor reconocimiento por su labor en ese sentido). Y como showman puro tampoco cumplió (su trabajo en los Tony le acreditaba para presentar los Oscar, pero la inspiración entre una gala y otra quedó muy lejos). Entre cambios y cambios de vestuario, la más que discreta actuación de Harris fue rematada por el fallido gag del truco de magia. Toda la noche dándole bola al contenido del misterioso maletín encerrado en una vitrina, y cuando descubrió la papeleta antes del premio a mejor película, tras más de tres horas de altibajos, el efecto pretendidamente ingenioso quedó en pura nimiedad. La reacción del público asistente, bastante fría ante la ocurrencia, así lo acredita.

Si hablamos de las sorpresas positivas de la gala, habría que incluir la actuación de Lady Gaga que, además de demostrar que tras su fachada pública se encuentra una persona normal, exhibió una voz espectacular en el cariñoso homenaje rendido a Sonrisas y lágrimas (con el culmen de la aparición subsiguiente de Julie Andrews en el escenario). Un tributo nostálgico de esos que siempre gusta ver en los Oscar. A falta del reconocimiento en directo a los premiados con la estatuilla honorífica (pues hace años la recogen en una gala anticipada en noviembre), bienvenidos son estos recuerdos al cine de antaño.

El palmarés y las sensaciones

No me cuento entre los fans acérrimos de Boyhood, pero sí la considero una muy buena película y un hito indiscutible del cine reciente. Si el paso del tiempo ha sido la base del proyecto de Richard Linklater, el devenir de los años también jugará a favor de su obra. El fenómeno crecerá y trascenderá, pues a partir de ahora a Boyhood le acompañará también la etiqueta de las grandes películas que, aun siendo nominadas en su año, no fueron reconocidas (se me ocurren ahora los casos de Pulp Fiction frente a Forrest Gump en 1994 o de La red social ante El discurso del rey en 2010). Triunfadores relatos de superación ante los filmes de Tarantino y Fincher que, a día de hoy, son recordados por ser, más allá de historias originales y muy bien engrasadas, retratos certeros de su tiempo, de las inquietudes de una sociedad concreta y de la personalidad del cine de su época.

El tiempo juega a favor de estos títulos, ya que es el paso de los años el que nos ayuda a entender su repercusión e influencia en obras posteriores. Y también funcionan en nuestra cabeza, que nos inclina a recordarlos mejor de lo que, seguramente, son realmente. Yo no tengo duda de que Boyhood ha sido la cinta norteamericana más importante de 2014.

Birdman no era una ganadora previsible, pero sus juegos visuales y golpes de efectos formales y argumentales casan mejor con el cine que suele amasar Oscar. Las réplicas de los protagonistas, sus exageradas caricaturas en algunos casos y su efectismo generalizado hacen de Birdman la Crash de este año. No por su calidad, pues el filme de Iñárritu está por encima del de Haggis, pero sí por estar cortadas por el patrón de la rimbombancia, la ampulosidad y los giros calculados para provocar un efecto más inmediato en la mente del espectador medio.

Viejos debates

Por lo demás, la ceremonia devino en una rutinaria sucesión de premios con muy poco margen a la originalidad. Más allá de los galardones a mejor película y director, que para mí no estaban claros del todo, el anuncio de los ganadores nos confirmó que estos sí andaban más decantados de lo que podíamos pensar inicialmente.

No cuestiono si Eddie Redmayne y Julianne Moore merecían su premio pero, inevitablemente, los votantes de la Academia van a tener que seguir cargando con la etiqueta de inclinarse mayoritariamente por los personajes que sufren taras físicas o psicológicas. Y por su preferencia total por el drama, el cual fue explotado casi pornográficamente en los clips de las cinco nominadas a mejor actriz principal.

El debate entre los miembros del ente audiovisual hollywoodiense está ahora en si se reduce o no el número de aspirantes a mejor película de la temporada. Se plantean regresar al formato de las cinco nominadas, el cual imperó desde 1944 a 2008. No puedo más que mostrarme muy a favor de esta idea. El lavado de cara que necesitan los Oscar pasa por la autoexigencia en la selección de los finalistas y por construir una infraestructura sólida en la preproducción de su ceremonia de premios. Solo así se verá justificado el entusiasmo que ponemos en ellos todos los años.

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Un comentario en “Los Oscar: Estancamiento y reinvención

  1. Muy certera su opinión tanto de la ceremonia como del reparto de premios, injusto a todas luces. Me sorprende que últimamente la gala no consiga ser un espectáculo que funcione por sí mismo, pues los americanos en esto siempre han cuidado hasta el más mínimo detalle. Quizá sea hora de cambiar a sus productores ejecutivos por alguien con nuevas ideas que devuelva a esta cita anual a la relevancia que merece, como pasaba en la añorada década de los 90, donde las galas tenían una perfecta combinación entre espectáculo y entrega de premios.

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